El chico salió a la calle, y mientras iba andando, intentó acordarse de la lista completa de los nombres de los Reyes que habían estado repasando en la clase de historia, pero no pudo. Mientras iba andando se le olvidaban de la mente como si fuese subiendo peldaños de una escalera y se volvieran invisibles conforme se iban subiendo. Al principio no se dio cuenta, volvía a empezar otra vez, pero al cabo de los años recordó aquel día primero y ató cabos. Malditas las drogas y maldita la vida -pensó- mientras se preparaba, despacio, el potingue que le habían dejado encima de la mesa.
Con la mirada huidiza -otro signo- observó a la gente como charlaba desenfadadamente. Se reían, ensanchaban la boca parecía que quisieran transmitir una mueca de satisfacción, pero si los observabas, la misma tristeza infinita que brotaba del fondo del su corazón , se iba apoderando de ti en un traspaso continuo, terrible. A algunos ya los conocía, llevaba viéndolos algunos meses; se sentaban en el parque y tiraban migas de pan a los pájaros que, un poco desconfiados, se iban aproximando a ellos. Pero siempre veía a alguien nuevo, alguien con los ojos caídos, mirada vidriosa, cansado a pesar de la juventud, gente joven por el itinerario objetivo de la vida, pero viejos, auténticos viejos, cercanos a la muerte, casi traspasando el umbral de sus mediocres y parsimoniosos días.
21 de octubre del 2019.

2 Comentarios
Una dureza expresada de esa forma sutil, que como la niebla, te va cubriendo y cuando te das cuenta, pierdes el camino. Gran texto Maribel
Muchísimas gracias Rafael. Qué bien lo has explicado. Este es un fragmento de la novela que me ocupa ahora. Un trabajo duro, aunque muy ilusionante.